La Patagonia tiene esa dualidad implacable: es capaz de regalar los paisajes más bellos y, en un parpadeo, desatar su furia más voraz. El 21 de enero de 1994 comenzó con una sensación de alivio que terminó siendo un espejismo cruel.
En Puerto Madryn, tras jornadas extenuantes combatiendo el fuego en la zona de chacras conocida como “La Matanza”, el parte oficial de la tarde sugería que la batalla estaba ganada. Los focos eran mínimos; el peligro, supuestamente, cosa del pasado.
Bajo ese sol de verano, un grupo de 25 aspirantes y bomberos voluntarios —algunos de ellos apenas niños de 11 años, otros jóvenes de hasta 25— recibió la orden de internarse en el terreno.
No iban a pelear contra un infierno, o eso creían; su misión era la vigilancia, la remoción de brasas, el trabajo final de una guardia que debía ser de rutina.
La trampa invisible de la meseta
Eran las 17:30 cuando la naturaleza decidió reescribir la historia de la peor manera. Un giro brusco y violento del viento, con ráfagas que superaron los 40 kilómetros por hora, reanimó las brasas que dormitaban bajo la vegetación seca. En minutos, lo que era un campo humeante se transformó en una emboscada de fuego.
El suboficial José Luis Manchula, que con solo 23 años era el jefe a cargo del grupo, llegó a dar un aviso desesperado por radio: estaban rodeados. Fue el último contacto. El humo, denso y negro, clausuró la visibilidad, convirtiendo la tarde en una noche prematura y asfixiante.
A pesar de los intentos de sus compañeros por rescatarlos, el muro de llamas resultó impenetrable.
El amanecer del silencio
Puerto Madryn no durmió esa noche. La ciudad se congregó en el cuartel, suspendida en una vigilia de radios que no respondían y sirenas que rasgaban el aire. El milagro, sin embargo, no llegó.
Al salir el sol del 22 de enero, las cuadrillas de búsqueda hallaron una escena que quedaría grabada a fuego en la piel de la provincia: los 25 cuerpos yacían juntos, alineados en su intento final de escape, protegiéndose entre sí hasta el último aliento. La asfixia les había ganado la partida antes de que las llamas los alcanzaran.
Un legado que se hizo monumento
La tragedia no solo dejó un vacío irreparable en 25 familias; también obligó a todo un país a replantearse los protocolos de seguridad y la formación de los cuadros juveniles.
Aquellos nombres, desde Daniel Araya hasta los hermanos Zárate, dejaron de ser solo una lista en un registro para transformarse en el nombre de calles, plazas y del Monumento al Bombero en la plaza central de Madryn, donde 25 molinetes giran eternamente impulsados por ese mismo viento que aquel día los traicionó.
Hoy, cada 21 de enero, Puerto Madryn se detiene. No es solo un aniversario; es el Día del Mártir Bombero Voluntario. Es el día en que recordamos que la vocación de servicio, a veces, se paga con la vida, y que la memoria es el único refugio que nos queda para que esos 25 cascos, hoy vacíos, sigan brillando bajo el sol del sur.
Con información de Cadena 3

