Cada 21 de marzo se conmemora el Día Mundial del Síndrome de Down, una fecha clave para reflexionar sobre la inclusión real. Sin embargo, detrás de las campañas de concientización, persiste una barrera invisible: la infantilización. Tratar a un adulto como si fuera un niño o tomar decisiones por él sin consultarlo son prácticas que, aunque suelen nacer del afecto, limitan su desarrollo.
Para profundizar en este tema, Viví Mejor dialogó con Agustina Pérez Franco (Mat. 1710), psicóloga especialista en discapacidad, quien advierte sobre las consecuencias emocionales de no reconocer la madurez en las personas con esta condición genética.
¿Qué significa infantilizar?
Según explicó la profesional, esta conducta se manifiesta de formas muy concretas: “Se observa al hablarle a un adolescente o adulto con un tono de bebé, suponer que no puede entender conceptos complejos o limitar su independencia”, señaló.
Para Pérez Franco, esto es una forma de discriminación basada en las capacidades. “No se hace con mala intención, pero el efecto es negativo: es no reconocer a la persona como autónoma, subestimando sus habilidades y restringiendo su participación en la sociedad”, advierte.
El mito de la “eterna inocencia”
Una de las etiquetas más arraigadas es la de considerar a estas personas como “angelitos” o “seres de luz”. Aunque parezca un elogio tierno, la psicóloga advierte sobre sus riesgos psicológicos en la construcción de la identidad.
“Esa etiqueta implica que la persona es inocente para siempre, que no tiene conflictos, deseos o sexualidad como cualquier adulto. Se espera que sea siempre dulce, lo cual anula su derecho a ser una persona con matices y necesidades propias”, explicó.
Consecuencias: baja autoestima y dependencia
Cuando una persona de 20 o 30 años es tratada bajo este esquema, el daño emocional es profundo. La especialista detalló puntos críticos:
- Baja autoestima: el mensaje implícito es “no sos capaz”, y con el tiempo el individuo termina asumiéndolo como propio.
- Dependencia aprendida: si el entorno decide siempre por ellos, pierden la iniciativa y la seguridad para manejarse solos.
- Confusión de identidad: en una etapa donde se define quién es uno, recibir un trato de niño genera una crisis interna.
- Frustración: la impotencia de no poder elegir desde su vestimenta hasta sus vínculos genera sentimientos de ira e impotencia.
De la sobreprotección al acompañamiento
Es comprensible que los padres sientan miedo ante los riesgos que sus hijos puedan enfrentar. Sin embargo, la especialista fue tajante: “Proteger demasiado genera un sufrimiento más silencioso: la falta de experiencias propias”.
La clave no es “soltar de golpe”, sino transformar el miedo en una guía gradual. “Hay que pasar del ‘mirá si le pasa algo’ al ‘necesita aprender a manejar esto solo’. El crecimiento siempre implica cierta incomodidad; sin eso, no hay un aprendizaje real”, concluyó.
Con información de El Litoral

